
A comienzos de este año tuvimos el privilegio de emprender una nueva versión de nuestra aventura hacia el profundo Vichada, un rincón poco explorado del oriente colombiano. La ruta, exigente y espectacular, sería compartida esta vez con un grupo de aventureros internacionales: Eric —quien fue nuestro primer enlace en esta travesía— junto a Jan, Dirk y Bob, desde Países Bajos, y Nick, desde Inglaterra. En el apoyo mecánico, un pilar fundamental: John Téllez, siempre listo para cualquier imprevisto.
Como es tradición, el primer encuentro fue en el aeropuerto. En misma noche, los llevamos a un lugar lleno en la cultura colombiana con una cena en Andrés Carne de Res. Un lugar donde el sabor, la música y la irreverencia crean una bienvenida inolvidable: carnes de todo tipo, cerveza local, y un ambiente vibrante que marcaba el inicio perfecto de la aventura.
Día 1 — Bogotá: cultura, historia y primeros pasos

El primer día lo dedicamos a explorar el corazón de Bogotá. Caminamos por la histórica Plaza de Bolívar, visitamos museos, probamos la cocina local y, por supuesto, ascendimos a Monserrate, el mirador por excelencia. No importa cuántas veces se visite, la vista desde la cima siempre impresiona, especialmente para quienes pisan por primera vez tierras andinas. Un día para entrar en sintonía con la diversidad y el contraste de Colombia.
Día 2 — Rumbo al Llano: del asfalto a la sabana
Al día siguiente, bien temprano, salimos rumbo al norte de la sabana. La carretera en excelente estado, con tramos recién construidos y túneles impecables, nos ofrecía un recorrido visualmente impactante. Las transiciones de vegetación tropical parecían de otro planeta, y como regalo extra, la imponente represa de Chivor emergía majestuosa entre las montañas.

La pausa del almuerzo fue en Yopal, con el menú que no podía faltar: auténtica carne a la llanera, cocinada al mejor estilo local. El grupo ya sentía el cambio de aire, más cálido, más amplio, más llanero. Finalmente, llegamos a Trinidad, en el corazón del Casanare, donde haríamos la primera parada real antes de entrar a lo más remoto de la travesía.
Día 3 — Y llegó la trocha: el inicio del verdadero reto
Salimos temprano, listos para buscar desayuno, pero sobre todo, listos para lo que todos esperaban: la trocha. Comenzaba el tramo de caminos destapados que, en total, sumaría unos 1.800 kilómetros de pura aventura off-road. El polvo, los charcos, la tierra suelta y el calor serían nuestros nuevos compañeros de ruta.

En uno de los primeros tramos, la naturaleza nos regaló una postal única: un grupo de chigüiros refrescándose en un pozo junto a varias cabezas de ganado. Un cuadro tan simple como genuinamente llanero.
Luego, una parada especial nos esperaba: Doña Célida y su familia organizaron para nosotros un verdadero evento llanero. El almuerzo fue delicioso, lleno de sabores nuevos para nuestros invitados extranjeros, quienes se animaron a probarlo todo. Después de la comida, los jóvenes del caserío nos deleitaron con cantos y bailes típicos, y como broche de oro, un niño y su abuelo realizaron una demostración de doma de potro cerrero. Un momento que emocionó a todos, incluso a quienes están acostumbrados a estas tierras.

Con el tiempo justo, retomamos camino hacia el río Meta. Nuestra misión: cruzar el río en ferry antes de que cayera el sol. La ruta nos puso a prueba con tramos de tierra suelta y arena blanda justo antes de llegar al agua. Al otro lado, La Primavera nos esperaba con su característico calor, su primer contacto real con el Vichada profundo... y, por suerte, con aire acondicionado para descansar después de un gran día.
Día 4 — Adentrándonos al corazón del Vichada
La jornada empezó temprano, como ya se nos estaba haciendo costumbre. Nos adentrábamos cada vez más en lo profundo del Vichada, por terrenos nuevos incluso para este guía. Pero en La Primavera nos esperaba un refuerzo muy especial: el Profe Humberto, un verdadero llanero que conoce estas sabanas como la palma de su mano.
Con él al frente, avanzamos por esos interminables paisajes teñidos de rojo, ese polvo fino y pegajoso que se convierte en parte del equipaje durante varios días después del viaje. El Profe, fiel a su estilo, ya tenía el almuerzo preparado en medio de la ruta: comida llanera auténtica, de la que se queda en la memoria de cualquier extranjero.

La tarde nos recibió con planicies amplias, perfectas para darle GAS y soltar la adrenalina. Pero en estas aventuras el riesgo siempre está al acecho. Un descuido, un pequeño error, y Eric terminó en el suelo de manera repentina. Cuando llegamos John y yo, Nick ya lo asistía. Aunque adolorido, poco a poco fue recuperando el aliento. Le dimos un analgésico, pero no estaba en condiciones de seguir manejando. Bob, su gran amigo, se encargó de llevarlo en su moto.
Reorganizamos el plan: John y el Profe transportarían las motos adicionales mientras el resto del grupo continuaba. Alcanzamos La Esmeralda justo después del atardecer, donde nos esperaba una noche muy especial.
Esta era una de las sorpresas del viaje: dormir en hamacas bajo una enramada, con baño de letrina y duchas improvisadas a totuma. Para algunos, dormir en hamaca era toda una novedad; para todos, una experiencia inolvidable. Entre el calor inicial, el fresco de la madrugada, los sonidos del caserío —uno que otro carro, motos vecinas, gallos y perros dando serenata— pasamos la noche en pleno corazón del Llano. Así se aprende a querer este país rural, auténtico y lleno de contrastes.

Día 5 — Cruzando el Bita y un pequeño lujo en Puerto Carreño
Amanecimos con buenas noticias: Eric estaba mejor. Aunque los golpes todavía se hacían sentir, la decisión estaba tomada: seguiría en la moto del Profe, una modesta pero resistente 190cc. Mientras tanto, John y el Profe regresaron 80 kilómetros por la sabana para recuperar la moto pendiente.
Como cada mañana, hicimos nuestra parada obligatoria para abastecer combustible. Y, nuevamente, los extranjeros no pudieron evitar su asombro: aquí la gasolina no sale de bombas automáticas, sino de botellas recicladas de gaseosa. La esencia del Llano.

La ruta nos llevó durante un par de horas hasta el río Bita. Allí nos esperaba otra postal para el recuerdo: el cruce en planchón. Simple, tradicional, encantador. Un momento para detenerse y absorber la inmensidad de estos paisajes llaneros.
Hoy el camino fue más benévolo, lo que nos permitió darnos un merecido baño antes de un almuerzo tardío en Puerto Carreño. El cuerpo empezaba a reclamar un poco de descanso: la mitad del recorrido estaba cumplida y las anécdotas ya se acumulaban.
Las motos también recibieron cuidados VIP: lavado, revisión y servicio completo. Y finalmente, el pequeño lujo que todos agradecimos: dos noches de descanso en un hotel cómodo, con aire acondicionado, buenas camas y duchas con agua corriente. Un oasis dentro de la aventura.

Día 6 — Navegando el Orinoco: día de recuperación bajo el sol tropical
Después de varios días intensos sobre las motos, el cuerpo agradecía un cambio de ritmo. Este día lo dedicamos a explorar el majestuoso río Orinoco, uno de los ríos más caudalosos del mundo y eje vital de una inmensa diversidad biológica. Navegar sus aguas es entender por qué este lugar ha sido, durante siglos, fuente de vida, cultura y asombro.
A pocos kilómetros de Puerto Carreño, nos adentramos en uno de sus rincones más especiales: el raudal de Ventanas. Aquí emergen imponentes los afloramientos del Escudo Guyanés, formaciones rocosas consideradas de las más antiguas del planeta. Sus visos brillantes, que reflejan destellos metálicos como de plata o petróleo negro, le dan un aspecto casi irreal al paisaje.

Durante el recorrido, uno de los objetivos era avistar a uno de los mamíferos más emblemáticos de estas aguas: las toninas (delfines rosados de río). Con paciencia, y algo de suerte, logramos robarles unos breves segundos de su elegante aparición en la superficie, suficiente para emocionarnos como niños. Por supuesto no dejaríamos pasar la oportunidad de mojarnos y refrescarnos en las aguas del rio en una inmensa playa de una isla en medio del rio, sin percatarnos si era tierra colombiana o venezolana en las sillas del bote unas cervezas sirvieron de aperitivo para la conversación.
Tras más de cuatro horas bajo el inclemente sol tropical, regresamos a tierra firme. Esta vez el agotamiento venía no del polvo y el camino, sino del calor y la intensa exposición al sol. La tarde fue para descansar, reponer fuerzas y, como siempre, dedicarle un buen rato al mantenimiento de nuestras fieles compañeras: las motos.

Día 7 — Regreso a la tierra roja
El plan para hoy era simple: pocos kilómetros, pero muchos paisajes. Una jornada corta en distancia, pero rica en imágenes y momentos para la memoria.
A un par de horas de Puerto Carreño, nos despedimos por última vez del río Bita. Ya lo habíamos cruzado días atrás, y gran parte de nuestro recorrido al fondo del Vichada la habíamos realizado acompañados de sus orillas tranquilas. De alguna manera, dejábamos atrás un viejo compañero de ruta.

Poco después, cruzamos en planchón el caño Dagua, y, como si estuviera perfectamente calculado, nos esperaba una nueva muestra de hospitalidad llanera: Doña Etelvina tenía el almuerzo listo. Una comida sencilla, deliciosa, y acompañada del calor humano que siempre encontramos en estos rincones.
Después de un descanso amable, la siguiente parada fue en el río Mesetas, donde nuevamente el planchón nos permitió cruzar. Este lugar, adornado por pequeñas cascadas cercanas, nos regalaba otra postal del Llano profundo.

Avanzamos temprano, y tras un buen tramo de arena suelta —que ya a estas alturas el grupo manejaba con soltura— llegamos a Garcitas, un pequeño caserío a orillas del río Orinoco. Allí nos esperaba Don Alberto con sus rústicas cabañas listas para recibirnos. La sencillez de los alojamientos se veía compensada con la calidez de la gente.
En Garcitas nos reencontramos con otro gran amigo: Wilson, quien con sus botes sería el encargado de nuestra travesía acuática del día siguiente. El Orinoco, siempre presente, seguía guiando el ritmo de la aventura.
Día 8 — Navegando con las motos
Iniciamos el día temprano. Este era, sin duda, uno de los momentos más esperados de la aventura. Después de cargar combustible, comenzamos la tarea delicada de subir, una a una, las motos a los dos botes que nos transportarían río arriba.

Nuestros compañeros no podían creer lo que estaban viviendo: 40 kilómetros de navegación por el Orinoco, dos horas de contemplación pura, en pleno corazón del Vichada. A pocos kilómetros del raudal de Maipures, donde el río Tuparro se une al Orinoco, debimos pasar los rápidos: un momento de tensión y concentración para todos a bordo.
Como las motos no pueden circular dentro del Parque Nacional Natural El Tuparro, debíamos cruzar esta zona exclusivamente por vía fluvial. Después, vino el proceso inverso: bajar las motos sobre una playa de arena. Sacarlas de allí, como siempre, fue otra pequeña odisea.

El almuerzo, tipo fiambre (preparado en hojas de plátano para llevar), nos lo había preparado Don Alberto. El paisaje era majestuoso y cada kilómetro ganado confirmaba que estábamos en un territorio salvaje y espectacular.
Este sector es transitado por pesados camiones que abastecen la región; sus huellas profundas, sumadas al calor extremo (43°C), el barro seco y los tramos de arena suelta, pusieron a prueba nuevamente nuestra resistencia. A medida que avanzábamos, varios puentes —estrechos, pero perfectos para motos— nos fueron guiando hasta nuestro destino: Santa Rita, donde nos esperaba otra noche en hamaca, ahora a orillas del río Vichada. Otra experiencia auténtica, inolvidable.
Día 9 — Retomando lo conocido
Dormir en hamaca hace que el amanecer llegue pronto. Con poca necesidad de despertador, pronto estábamos nuevamente en ruta. El combustible, esta vez, lo conseguimos en baldes: otro detalle curioso de estas tierras.

La jornada fue generosa. Las condiciones climáticas nos favorecieron y el terreno estuvo amable, permitiendo avanzar de forma fluida. En el camino encontramos algunas quemas, prácticas que los campesinos realizan para renovar los pastos, aunque en ocasiones también son producto de incendios espontáneos originados por rayos en las tormentas.
Al final del día, alcanzamos Cumaribo. Volver a la civilización implicaba recuperar ciertos lujos: aire acondicionado, duchas, camas, y ese pequeño confort del cual uno aprende a desprenderse durante la aventura, pero que siempre se agradece al regresar.

Día 10 — Civilización
El repostaje fue nuevamente en estación de servicio, ahora sí con bombas automáticas. Los signos de civilización volvían a aparecer: conexión eléctrica estable, carreteras demarcadas y finalmente asfalto.
Nuestra jornada terminó en Puerto Gaitán, donde un gran hotel nos recibió con todas las comodidades. Era el cierre de los caminos de polvo y barro. El siglo XXI nos daba la bienvenida nuevamente.
Día 11 — De vuelta a la realidad
La última etapa nos llevó rumbo a Bogotá. Aprovechando el tiempo, hicimos una parada en el zoológico de Villavicencio para ver algunos de los animales que nos acompañaron silenciosos durante el viaje, pero que pocas veces se dejan ver en libertad.

Un almuerzo llanero cerró la jornada antes de tomar la ruta de regreso hacia la capital, subiendo por los cerros orientales para evitar el tedioso tráfico de la ciudad.
Al final del día, una gran cena de despedida selló la aventura: todos sanos, felices y llenos de recuerdos irrepetibles. Así es Colombia, así son sus llanos, y así son sus gentes: capaces de ofrecer aventuras únicas, profundas y auténticas.
Una vez más, a mis amigos: un gran saludo y... ¡aquí los seguimos esperando!
Mil gracias por confiar en nosotros.



